Fake news científicas

Autopsia de octubre de 2022

Este informe forense trata sobre las noticias falsas científicas “fake news”, que diría Trump. Un tema que, aunque parezca actual, existe desde que el hombre es hombre y cuyo ejemplo más cruel bien conocemos aquí, nosotros. España, que no participaba en la primera contienda mundial, fue el único país de Europa que hizo públicas las tasas de morbimortalidad de la gripe de 1918. Esa honestidad hizo que fuera señalado como el país más afectado del mundo y que aquella pandemia fuera bautizada con el ignominioso topónimo de “española”.

Aquella gripe en realidad se originó en el Tíbet, en 1917 y los primeros casos diagnosticados de los que tenemos constancia fueron hechos en 1918, entre los soldados norteamericanos acuartelados en Kansas, mientras esperaban para ser embarcados a Europa. Si se hubieran tomado en cuenta el verdadero número de muertos que causó la gripe entre cualquiera de los contendientes o los que causó en otros países, como por ejemplo India -más de 15 millones de muertos y que los británicos ocultaron convenientemente-, España con 8 millones de infectados y 147.114 muertos (según actas oficiales de la época), jamás debió darle nombre a esa plaga.

Si exceptuamos la Peste Negra, que causo entre 75 y 200 millones muertos y que otra fake news de la época relacionó con los judíos y que envenenaban el del agua, la “Gripe Española” fue la enfermedad infectocontagiosa que más vidas segó en un periodo más corto de tiempo. La gripe del 18 desató un verdadero estado de histeria colectiva y llevó a que algunos países decretaran toques de queda y que detuvieran a la gente que deambulaba por la calle sin protección respiratoria -…¿les suena esto de algo?-. Aunque desconocemos el número real de muertos que causó aquel virus, si aceptamos que entre un 10% y el 20% de los infectados fallecía, el resultado que obtenemos sigue siendo muy inferior al de otras estimaciones (entre 40 y 50 millones de decesos).

Suponíamos que el desarrollo de la medicina, y más concretamente el de la epidemiología, solucionaría este problema y que el modo de recoger, almacenar y obtener los datos de muertos o afectados exactos solo sería cuestión de pulsar un botón. Pues no, la realidad es tozuda y el problema persiste. Los datos de la Covid19 que nos ofrecía diariamente al principio la Organización Mundial de la Salud (OMS) se comprendían fácilmente, pero de pronto y sin saber muy bien por qué cambiaron las cosas y para poder entenderlos ahora hay que saber matemáticas puras.

Interesadamente o no, el gobierno de España decía que el número de afectados por Covid19 el día 14 de marzo de 2022 apenas sobrepasaba los 11 millones (exactamente 11.223.974 millones) y el de fallecidos los 100.000 (exactamente 101,135), pero según la oposición el número de real superaba los 150.000. A nivel mundial ocurría lo mismo. El número de muerto por Covid19 según la OMS en esas fechas era de 6 millones pero circulaba por ahí el rumor que superaba los 10. Ahora bien ¿quién puede tener interés en manipular información científica? y la respuesta es que cualquiera. Cualquiera que detente poder y cuya imagen, a veces diviniza, pudiera verse deteriorada con malos datos. Cualquier sátrapa que quisiera esquivar responsabilidades, que buscara influir en los resultados de unas lecciones, desestabilizar la democracia de otros países o la suya propia o cualquier idiota con impulsos mesiánicos que intentara redimirnos de algo. Como vimos, la primera guerra mundial fue el más claro ejemplo de la importancia que tenía que los bandos beligerantes no supieran el verdadero número de muerto que les había producido la gripe y mesías aparte, ahora son los bandos ideológicos los que manipulan las estadísticas o los que intentan hacerlo.

En este sentido, ha sido muy interesante conocer un informe sobre fake news que se presentó en la Eurocámara en marzo de 2022. En ese documento se hacía mención al por qué algunos países, como por ejemplo Rusia o China, intentan desestabilizar las democracias europeas y cuando hablamos de desestabilizar otras democracias no hablamos de difundir algún «bulo», hablamos de ciberataques en masa, hablamos de campañas gigantescas perfectamente diseñadas y orquestadas, hablamos de oscuras operaciones destinadas a captar políticos de alto nivel para que ellos posteriormente ejerzan cualquier tipo de presión que les permita obtener financiación ilegal, la destrucción de la imagen política de un opositor o crispar a la sociedad.

Para este tipo de guerra no se utilizan armas convencionales, solo se requieren postulados, axiomas y datos colgados en la red capaces de nublar el sentido común y es que las fuentes científicas, académicas o especializadas, que hasta no hace mucho considerábamos dogmáticas, hoy son cuestionadas. No sé si hemos olvidado que la ciencia es el elemento de juicio crítico más valioso que tienen las sociedades avanzadas. No existe un razonamiento más lógico que el que te impone la ciencia al obligar al científico a demostrar –comprobar- sus postulados. Es cierto que las fake news que nos venden algunas autocracias a veces parecen más verosímiles que las verdades auténticas y que eso es un elemento de vulnerabilidad democrática de ahí que siempre que hay que estar atentos. Muchas de las mentiras vertidas por los populistas sobre la Covid19 buscaban que los ciudadanos perdieran la confianza en las instituciones, buscaban el hartazgo social y que los partidos convencionales se resquebrajasen, buscaban acceder poder o mantenerse en él.

Es muy difícil identificar y sancionar las fake news y aunque probablemente el último Whatsapp recibido sea fruto de la estupidez o la mezquindad de algún vecino, podría ser también que fuese parte de la campaña de un experto en psicología social, tratando de “comerte la cabeza” y es que esa gente conoce muy bien los algoritmos adictivos que emplean las plataformas digitales. Son maestros en detectar en las redes perfiles psicológicos fácilmente manipulables y si no vean como muchos antivacunas, se convirtieron en antisistema o de alinearse con Trump, desparecido éste, se hicieron acólitos de Putin.

Las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial e internet han permitido que la industria de la mentira se profesionalice y que las reglas democráticas cambien. Es por eso que parece importante exigir a las plataformas digitales y a las grandes compañías tecnológicas que se responsabilicen más sobre los contenidos que difunden, que busquen mecanismos para poder identificar, desenmascarar y sancionar mentirosos y que el concepto salud y la importancia social que tiene queden claros. Que elaboren un código de buenas prácticas en esta materia. También parece urgente que se fomenten campañas de concienciación ciudadana.

Tópicos típicos del cine

Autopsia de julio de 2022

Me pasé media carrera medicina y otra media de la especialidad tratado de resolver una duda que me atormentaba desde chico ¿por qué, en las películas del oeste –oeste de los Estados Unidos, claro-, cada vez que alguien se disponía a atender un parto pedía a gritos sabanas limpias –esto puedo entenderlo- y agua hirviendo?  En el “far west”, el agua hirviendo era al parto lo que las olas al mar. Una vez que descarté que desinfectaran el canal de parto o que bañaran al niño con el sobrecaletado elemento, creo que este tópico fue el fruto de  “resacón en la Vegas” de algún guionista que creyó que la mejor forma de demostrar que ya de aquellas se tomaban muy en serio la higiene, área haciendo que el obstetra se escalfara las manos.

Empeñados en presentarnos la realidad a su antojo, el cine de Hollywood se ha inventado cientos, …¿qué digo cientos?, miles de tópicos y no todos de la inocencia de este. Dentro de ese vasto repertorio de engaños, los tópicos más empleados son los históricos y bélicos –para mayor gloria del US. Army-. Le siguen de cerca los étnicos, religiosos, políticos y policiacos –para desgracia de mexicanos, afroamericanos o cualquiera que lleve turbante-. Se emplean menos los sanitarios, gastronómicos e higiénicos y son raros los escatológicos. Está claro que mostrarnos cagando a un actor no es muy “cool”, pero parece impostado que, salvo que el papel se lo exija -enfermos de pulmón o premortem-, un actor nunca estornude, carraspee o tosa o que, por más zafio que sea el personaje, tampoco tartamudee, se le trabe la lengua o construyan mal una frase.

Uno de los tópicos más empleado por Hollywood es hacernos creer que “living room” de las casas son un punto de reunión, cuando todo el mundo sabe que donde se enchufa la tele es un lugar sacrosanto, donde se guarda silencio. No son pocos los casos de violencia doméstica por contravenir esta regla y más si se hace justo en mitad de una peli de Hitchcock, viendo Lupin  -la serie más exitosa de Netflix- o en el preciso momento en que los San Francisco 49ers anotó el touchdown que les dio la victoria final sobre los Chiefs. La cocina sí es el sitio donde se reúne la familia, pero porque el actor principal a allí son las madre -unos seres de luz, ficticios claro, cuya única misión en la vida parece que es preparar cada día el “breakfast”-. Un breakfast que los niños tienen que haber acabado para cuando llegue el padre, porque si no es muy probable que les obligue a dejarlo bajo la vil amenaza de no llevarlos al cole. Estos extorsionadores solo toman café y a toda prisa pero dejan sin probar los huevos, el beicon, el jamón, las tortillas, los cereales, las “pancakes”, las tostadas o cualquier otra cosa que les han preparado. Sus abnegadas esposas, aún así, los despiden con un beso –algo que si lo hago yo, aunque solo sea una vez, quedo sin desayunar de por vida-. Además, jamás cumplen sus promesas y si lo hacen siempre será a destiempo, justo cuando el atribulado muchacho está terminando el partido o la actuación de teatro.

Otro tópico típico es el de un galán cocinillas preparando una comida vegana a su churri, y digo vegana porque al sujeto en cuestión siempre aparece en escena cortando verduras mientras se atiborra a vino. También es típico de este tópico que se escoñe la velada –velada porque no haya escena de este tipo que no esté iluminan con cirios-. Ya sea un desafortunado comentario, una inoportuna llamada o la irrupción de un intruso, el caso es que siempre pasa algo.  

Además de hábitos de vida saludable, el papel protagonista impone al actor una conducta ejemplar, por eso no entiendo que luego, a las primeras de cambio y sin conocerse de nada, mantenga relaciones íntimas con cualquiera. Y no sé lo que piensan Uds. pero a mí no me parece normal que unos amantes, tras una noche de sexo, a mañana siguiente para evitar que los vean se envuelvan con las sábanas hasta el cuello o que en medio de la mayor catástrofe jamás vista, después de perder uno o más seres queridos o descerrajar doce tiros a alguien tengan esos arrebatos de amor.

Otro tópico recurrente de Hollywood son las disputas entre un alumnado nesciente, desobediente y procaz y un profesor superado. El desorden que pintan es tal que el timbre en vez parecer indicar el final de las clase parece que da una alarma de incendio porque es empezar a sonar y que el amodorrado auditorio y salga corriendo de allí en estampida. Vista la indisciplina reinante, no entiendo lo rápido que todos aprende inglés. Hablan en fluido inglés los alemanes de la Alemania de Hitler, los chinos de la dinastía Ming o cualquier recién llegado al país -es más, les cuesta mucho imitar su propio acento-, los “aliens” de otros planetas en cuanto pisan la tierra, los zombis resucitados e incluso los animales que hablan lo hacen en perfecto inglés.

Tras algún tímido intento de introducir nuevos tópicos los guionistas de Hollywood siguen apostando una y otra ven por los viejos clichés de siempre. Los buenos no fuman, no beben, son guapos, virtuosos y pulcros -tanto que no se despeinan ni cuando salen del agua-. Los malos fuman, beben y los de peor calaña se saben los números de las cabinas telefónicas. Si alguien bebe y coge el coche es porque se va dar una leche. Los dientes los cepillas sin agua y las puertas se abren sin llaves y los coches nunca arrancan cuando quieren que lo hagan. El bueno nunca muere al principio, siempre consigue aparcan justo en el sitio que va, sin importar dónde sea y aunque tenga mil tarjetas, siempre paga el taxis en “cash” y con el billete más alto para dejar de propina el cambio. Las bombas siempre llevan un reloj que indica la hora a la que explotan y cables de colorines para poder desactivarlas y los camareros son en realidad psicólogos de ahí que no te sirvan otra copas si piensan que estás borracho o que admitan conocerte–aso sí, todos ellos guardan una escopeta bajo la barra del bar, por si el conductismo les falla-.

Pero el cine no solo son trampantojos, decorados e ilusiones. No pocas veces ha sido el proscenio de muchos avances científicos, como las “cubiteras de hielo”, un increíble invento de los 50 que mantenía el agua en estado sólido por tiempo indefinido y sin necesidad de cables, enchufes o tapas. Obtener hielo sin más esfuerzo que el que suponía cogerlo de uno de aquellos enseres se convirtió en todo un signo de elegancia ¿qué habría sido de aquellos actores si hubieran tenido que sacar hielo de aquellas vulgares bandejas rellenables de plástico? Hasta que no aparecieron los modernos “ice dispensers fridges”, no me digan que desearon poseer uno de aquellos aparatos. 

Fue un tópico de Hollywood el que dio a conocer al mundo que EE.UU. tenía un sistema de vigilancia con el que podían espiar a todos sus ciudadanos constantemente –y del que Orwell, años antes, ya nos había advertido–. Un sistema que permitía identificar, sin que hubiera transcurrido un minuto, a cualquiera que cometiera un delito –con independencia que fuera un criminal conocido, un ex agente secreto o un ciudadano vulgar-. Este sistema permitía obtener fotos del delincuente recientes y repartirla por todo el país al instante con el epígrafe de: “SE BUSCA” y “PELIGROSO” que hacía del sospechoso un culpable y del culpable en despiadado asesino, capaz de cargarse a cualquiera que pudiera identificarlo –cosa que parece fácil pese a que usen gorras o gafas robadas -.   

Otro tópico no ha dado a conocer el caos que reina en los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado a causa de sus despóticos mandos, de gobernadores corruptos o de la compulsiva obsesión de los jefes por emparejar individuos opuestos -al poli bueno con el malo; al blanco con prejuicios raciales, el negro; al veterano, el novato y al que jamás acata las reglas, el más tiquismiquis de todos-. El disentimiento es la norma, pero entre los subordinados la insumisión es mejor. No hay detective decente que abandone un caso por más que le quiten el arma y la placa, lo suspendan de sus funciones o le den vacaciones –tras expirar el plazo concedido para encontrar al culpable-. El nivel de anarquía es tal que a nadie le parece importa que los ciudadanos corrientes se tomen la justicia por su mano y si la policía consigue llegaba al lugar, ni perimetran la zona, ni levantan atestado, ni interrogan al “Rambo” -fácil de diferenciar de los demás heridos, federales, paramédicos y bomberos (uniformes aparte), porque es el que sentado en la parte trasera de la ambulancia, cubierto por una manta, toma un tazón café y al que la gente rodea (sanitarios que lo curan, amigos que lo felicitan y alguna mujer hermosa que lo besa)-. Mientras, el malhechor yace solo, muerto en el suelo tirado, sin que nadie se le acerque ni para darle una patada y ver si se mueve. 

Pero la contribución de los tópicos a la sociedad no siempre ha sido beneficiosos y no pocos criminales reconocen haber aprendido a abrir cerrojos, desactivar alarmas, robar coches o liquidar a la gente en el cine y un buen ejemplo de esto es “Sniper” y sus cinco o seis secuelas. Estas películas, en realidad tutoriales, enseñan cómo acabar con cualquiera usando silenciador. El nivel de decibelios de las detonaciones con este artilugio no supera al de un pestillo al cerrar y los abatidos con él no dan gritos, ni se quejidos, ni dan muestras de dolor. No tienen espasmos, ni reacciones reflejas que pudieran delatar al que los mata. Y no me pregunten por qué, pero al caer, tampoco producen el natural estrépito de cualquier cuerpo al estrellarse contra el suelo.